Nunca en domingo

11 05 2008

Ay de los domingos. Ay de algunos domingos, y no me refiero a la famosa “depre del domingo por la tarde” de la que todos tenemos algún que otro precedente, y menos hoy que es domingo/sábado ya que el lunes gozamos de una de esas fiestas que se le conceden a los católicos y las disfrutamos todos. ¿No os pasa que hay días en los que uno no debería existir? Sí, sí, no estar, borrar el día de nuestro calendario existencial. Porque no alcanza con quedarnos todo el día en la cama, (además siempre hay alguien que te espolea para que vivas los placeres del día o de lo que sea). Y entonces, lo recuerdas, te sobresaltas porque esperas una llamada. Una llamada deudora que por el tono debe ser privada, casi íntima, y aunque hayas dormido casi nada por la magra noche del sábado de la que aún tienes secuelas, te levantas (con urgencia de lunes) y sales a la calle sin rumbo ni objetivo. Sigues esperando, ya no tienes prisa, porque sabes que los deudores no suelen ser puntuales, menos si no has quedado o ni siquiera sabes si te llamará, ellos manejan los hilos aunque vayan de víctimas o no sepan que lo que dicen puedan parecer excusas de mal pagador. Y ahí está la calle. Llena de muertos. Miras rostros y los ves. Ves que hay personas que están muertas mucho antes de morirse. Incluso gente que conoces y con la que has tenido trato (y debo reconocer que en una gran ciudad se da menos, donde es más frecuente es en pueblos y ciudades de provincias) pasea sin verte. Y algunos fueron cercanos, tuvimos relación con ellos, gente que se nos acercaba a menudo, o venía a casa.

Luego se fueron alejando poco a poco. Primero dejaron de felicitar el cumpleaños, luego espaciaron las llamadas y luego nos retiraron también el saludo hasta desaparecer del todo. Uno los reconoce, pero ellos tienen frente a sí su vida desnuda de pasado. Y al final uno se acostumbra a que no estén muertos, que sería lo suyo. O lo hermoso, así por lo menos nos crearían nostalgia y no desencanto. Y van por ahí sabiendo de nosotros, llevando a cuestas pequeños secretos que nos pertenecen y que nos condenaron a ser apenas lo que somos. y todo eso mientras sus huesos aún caminan, mientras que su carne aún palpita. Y sigues andando, tratando de ver el fondo de las cosas, y de pronto te quedas quieto, ante el cristal de un escaparate y te reconoces en los ojos la misma tristeza, ésa de cuando esperabas otra llamada que nunca llegó. Y piensas en Borges, y en su concepción de la historia, en que los hechos se repiten, en que repetimos los mismos errores y pocos aciertos, aunque algunos nos duelan como esa bala que te atravesó una vez la rodilla, pero todo vuelve a repetirse, porque según él, la historia es circular, aunque yo no recuerde otro domingo así. O será que los muertos que vi eran otros y no hubo escaparate para ver mi agonía.

Un tal Lucas


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